Desde 1976, China ha vivido una profunda transformación: atenuó la pobreza para convertirse en la segunda potencia mundial gracias al espectacular aumento del PIB, al alto nivel de las inversiones en el extranjero y a la creación de instituciones internacionales, entre otros factores

Hace 40 años, el 9 de septiembre de 1976, moría el fundador de la China moderna. Dejaba un país empobrecido y aislado después de diez años de Revolución Cultural. Ahora la imagen de China es muy diferente. Entonces, el PIB per capita de ese país era de 200 dólares para sus 931 millones de habitantes. La esperanza de vida, de 66 años. Los objetos más deseados eran una bicicleta, una máquina de coser o un reloj. Hoy es la segunda potencia económica mundial. Su PIB per cápita se eleva a 7.590 dólares, sus exportaciones mensuales superan los 200.000 millones de dólares. Sus inversiones directas en el exterior acumulan ya cerca de 750.000 millones de dólares y se calcula que para 2020 alcanzarán cerca de 2 billones, según un informe de Rhodium Group. Los objetos de deseo actuales son propiedades millonarias, automóviles de lujo, productos de marca.
LA GRAN HERIDA SIN CERRAR DE CHINA
Ha empezado a crear instituciones internacionales, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. Planea -aunque aún en un estado muy incipiente, y varios analistas dudan de la solidez del proyecto- una Nueva Ruta de la Seda que la comunique por tierra y mar con Occidente. Es el segundo país del mundo por gasto militar. Algunas de sus grandes empresas son punteras en su sector, como la compañía de comercio electrónico Alibaba. Otras, como la inmobiliaria Wanda, la telefónica Huawei o la tecnológica Tencent suenan cada vez con más fuerza en el mundo. Ha sido un largo proceso, que estuvo en peligro en más de una ocasión. Tras la muerte de Mao, el ala más liberal del partido, encabezada por Deng Xiaoping, se conjuró para detener a la Banda de los cuatro, encabezada por Jiang Qing, la viuda de Mao y que pretendía perpetuarse en el poder.


Durante los años 80, una época de relativa flexibilidad en China, comenzó el despegue. Pero la reforma y la apertura proclamadas por Deng tenían sus límites. El 4 de junio de 1989 la protesta estudiantil de Tiananmen, contra la corrupción y a favor de la democracia, se saldaba con una represión sangrienta en la que murieron centenares de personas. Aquella fecha marcó un antes y un después. Deng dejó claro que pese a todo las reformas económicas continuarían. La China comunista se abría al capitalismo más salvaje. Se iniciaba un despegue económico que durante años generó crecimientos del PIB superiores a los dos dígitos.
Hoy Pekín se encuentra inmersa en un cambio de estrategia económica, que enfatiza más el consumo interno y la innovación que las exportaciones. Afronta numerosos problemas: su población envejece y la deuda de sus empresas y gobiernos locales se acumula. Los recientes batacazos de sus Bolsas han puesto en entredicho la gestión económica del gobierno. Pero el dinamismo de la economía ha ido paralelo al inmovilismo político. El presidente actual, Xi Jinping, ha optado por un control aún mayor que el de sus predecesores. Con llamamientos a la pureza ideológica, una dura campaña contra la corrupción que ha neutralizado a posibles enemigos políticos y detenciones contra activistas, se ha convertido en el líder chino con más poder desde Mao y Deng. Cuarenta años después, la efigie de Mao aún preside Tiananmen. China ha cambiado radicalmente en cuatro décadas pero hay cosas que el “Gran Timonel” aún reconocería.
